
Chicha Libre
Mientras Los Wachiturros suenan de fondo hasta en los bar mitzvah, cualquiera puede preguntarse de qué venganza estamos hablando. Lo cierto es que si bien en Argentina la cumbia tiene una larga tradición que va desde Chico Novarro y los Wawancó hasta la lectura litoraleña de Los Palmeras, en las últimas décadas su desarrollo musical estuvo casi exclusivamente atado al mercado. A los productos de diseño creados para salvar el año en el circuito de radios y boliches del conurbano.
Sin embargo, la cumbia seguía allí: con su sensualidad, su poderoso patrón rítmico y un gran arraigo popular. Un potencial extraordinario para que comenzaran a acercarse los músicos más desprejuiciados. Primero llegaron algunos crossovers desde la música melódica, que encontró un contrapeso bailable para su evangelio del amor clandestino. Luego vino el rock, cuando artistas como León Gieco, Palo Pandolfo y la Bersuit hicieron sus primeras cumbias. Más tarde, la música electrónica entendió que allí tenía un tesoro para movilizar la pista de baile. Ahí aparecieron las fiestas ZZK, que funcionaron como un gran caldo de cultivo para artistas como Fauna, El Remolón, Villa Diamante y Chancha Vía Circuito.

La crew completa de ZZK.
Últimamente, algunas ediciones también fueron abonando el terreno. Por ejemplo, los discos de Totó la Momposina publicados por Suramusic y las antologías tituladas The roots of Chicha (Random). Esos discos permitieron acceder de primera mano a dos tradiciones diferentes de la cumbia: por un lado, la raíz del folclor colombiano y sus colores del Caribe; por otro, el abordaje eléctrico y psicodélico de los peruanos en los ’60.

Chancha Vía Circuito
Las visitas de Chicha Libre, Bomba Estéreo y la cantadora de Mompox profundizaron un trabajo que, al poco tiempo, empezó a generar resultados increíbles: una nueva generación de músicos dispuestos a acercarse a la cumbia sin pruritos de clase ni de género. Desde el rock, la música electrónica, el dub, el hip hop, la canción y también la tradición de los folclores afroamericanos. En ese sentido, el abanico fue muy amplio: desde big bands hasta solistas trabajando con computadoras, pasando por amantes de la música africana, soundsystems del conurbano y una pandilla de chicas punk decididas a ponerse a bailar en el medio del pogo. “Hay cumbia en todos los rincones de Latinoamérica, y para todos los gustos –dice Juana Chang, de las Kumbia Queers-, pero siempre fue marginada. Ignorada por los medios y discriminada por los rockeros. Todavía hay muchos prejuicios con la cumbia, pero ahora se están rompiendo las fronteras”.
(sigue en la 2° parte)


