Caso extraño el de Daniel Melero: aún sin clausurar su vida como Salinger o Carlos Castaneda, el tipo se convirtió en un referente del rock argentino fuera de cuadro. Es decir, Melero no recibe premios, no rota en las radios, no tiene las tapas de las revistas: sin embargo, el peso de su obra y su pensamiento definió el rumbo de escenas completas y hasta la música de artistas que lideran (o han liderado) el mainstream como Soda Stereo o Babasónicos.

Gustavo Álvarez Núñez
El periodista Gustavo Álvarez Núñez entendió esa paradoja y, entre 1999 y 2001, se reunió con Melero para charlar largo y tendido. Para escudriñar sus discos, pero también recuperar su formación contracultural, su trabajo como productor de otros artistas y sondear sus intereses no-musicales. A fin de cuentas, siempre se definió como Brian Eno: un auténtico no-músico. Y como era de esperar, para Melero -como para Terencio y los románticos- nada de lo humano le es ajeno. Por las páginas de Ahora, antes y después pasan tópicos tan diversos como la genética, el cine porno, Internet, los sistemas de gobierno, la ecología, el barrio de Flores, la moral y los medios masivos de comunicación. También, desde luego, su profundo interés por el rock argentino primigenio, el famoso concierto de Los Encargados en BA Rock, su fascinación por la música microscópica y la generación sónica de los ’90. Todo es plausible de ser medido por el sistema Melero, que ofrece respuestas tan tajantes como autocríticas.
En ese sentido, Álvarez Núñez opta por desaparecer del texto. Por quitar las preguntas y organizar el libro a partir de pequeños bloques de pensamiento. El resultado es tanto una buena puerta de acceso a su planeta como un disparador de ejes y resortes para reflexionar sobre el rock y sus inmediaciones.
-Personalmente, ¿por qué te acercaste a Melero?
-Llegué a Melero por un pedido particular de él: necesitaba hacer una biografía para su futura página web y me la encargó. Corría 1999, estábamos en la prehistoria de internet como hoy la conocemos, con la influencia y la consolidación de las redes sociales. Fue tan estimulante el encuentro y lo que desgrabé del mismo, que le sugerí que teníamos que hacer un libro con sus ideas. Así fue surgiendo una vasta galería de sus ideas a través de vivencias variopintas: desde su incursión como espectador del primer rock argentino (el de Los Gatos y Pescado Rabioso) hasta su influencia en el rock de los años '90. Melero sigue representando la modernidad bien entendida: un ojo en el pasado y otro en el futuro. Además, contempla una búsqueda y transformación de la canción muy atractiva.
-¿Cuándo empezaste a sospechar que tenías un libro entre manos?
-Ante las primeras desgrabaciones, noté que era viable dar con un libro. Melero es una marmita de ideas y consignas, de sueños y realidades. Sólo se trataba de encausar todo esto. Conté, al principio, con el aval y la sabiduría editorial de Alejandra Uslengui, que trabajaba en Perfil Libros. Al cerrar la editorial, ella me contactó con Norma: ahí estaba Fernando Fanagni, que le encantó la idea. Pero las distintas crisis económicas dilataron la aparición del libro. En su momento, Melero me sugirió si no era conveniente actualizar la información, más que nada lo relativo a los discos –pensar que Ahora, Antes y Después… termina la cronología discográfica en 1999; más allá de que haya comentarios de lo que estaba produciendo en ese momento: Tecno (2000) y Vaquero (2001). Pero me negué. Sentía que iba a transformarse en el cuento de la buena pipa…

La tapa del libro.
-Bueno, desde que tuvieron lugar las charlas hasta hoy pasó casi una década, donde Melero no sólo siguió sacando discos y trabajando con otros artistas, sino que también cambió mucho el contexto musical, social y política. Desde entonces, ¿hubo algún desplazamiento con respecto al lugar que ocupa Melero en nuestra cultura?
-Sigue siendo el outsider de ese Olimpo conformado por Gustavo Cerati, Andrés Calamaro y Fito Páez. Salvo con el rosarino, con los otros dos ha estado involucrado artísticamente. Es interesante cómo se ha corrido de semejante meollo y a la vez opera en un lugar que le calza muy bien: la novedad eterna, por mal que le pese. Hoy todavía son muchos los grupos y solistas que van en su búsqueda, para que los escuche y les ayude. No sé si es algo común en tantos otros artistas.
-El libro está repleto de ejes y resortes para alimentar unas cuantas polémicas. Sin embargo, vos elegiste quitarte del texto y no tomar partido –al menos- directamente. ¿Cómo crees que funciona tu trabajo en el libro aún fuera de cuadro?
-Mi estrategia fue estar sin desaparecer. En general, no veo con buenos ojos esa escuela del periodismo para la cual el cronista es tan o más importante que el entrevistado. Borrar mi voz no significa que no haya bordado el contenido de un modo que se acomodase a mi visión de Melero. Quería mostrar el lado cotidiano e iluminado de un artista que siempre intentó salir de las comodidades y los mitos que alimentan la vida de más de una estrella de rock. El tipo construyó un modo de entender el rock, pero mi deber fue bucear en cómo llegó a eso y la forma en que esos lineamientos se habían diseminado y generado nuevas visiones.
-A partir del libro, uno puede observar claramente que a Melero siempre le interesó ser parte de la discusión de época. En ese sentido, ¿cómo te gustaría que trabaje este libro?
-Mis ambiciones no son muchas. El rock argentino de la última década quedó en el olvido, y aunque tuvimos muchas producciones, muchos festivales y muchas injustas muertes, algo me dice que todavía falta mucho para que no siempre sean los malos los que cuentan la historia. Melero y su trayectoria demuestran que si bien uno puede acomodarse dentro de los parámetros de lo convencional (sin ninguna carga despectiva), al final del recorrido se ven las costuras. En todo caso, desearía que haya menos indulgencia y autoindulgencia –tanto de los músicos como de los periodistas–, y más desafíos. “Sólo lo difícil es estimulante”, decía el poeta cubano José Lezama Lima.


