Medio siglo con los Rolling Stones

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Se cumplen cincuenta años del primer concierto de sus Majestades Satánicas:el puntapié inicial para una saga de música que cruza varias generaciones. Recorremos el camino a bordo de la banda de rock & roll más importante de todos los tiempos.

La primera sesión de fotos

Los días en Decca

En el backstage de un show, 1967

En el backstage de un show, 1967

La tapa del single "Jumpin Jack Flash"

La tapa del single "Jumpin Jack Flash"

Brian Jones, Anita Pallemberg y Keith Richards

Brian Jones, Anita Pallemberg y Keith Richards

Con Mick Taylor.

Con Mick Taylor.

La sesión para el simple de "Brown sugar"

Keith Richards, 1973

Keith Richards, 1973

Tardíos 70, con Ron Wood a bordo.

Los Stones más urgentes, circa Some Girls.

Los días de Tattoo You

Una de las últimas sesiones de los Stones

Londres, 12 de Julio de 1962. La Blues Incorporated, una de los grupos más prestigiosos del blues británico, tiene mejores planes y pega el faltazo a su turno en el Marquee. En su lugar, suben al escenario seis imberbes que no superan los veinte años y debutan como banda. Sus nombres son Mick Jagger, Keith Richards, Dick Taylor, Ian Stewart, Mick Avory y un rubio altivo que se hace llamar Elmo Lewis (Brian Jones). Apenas arrancan su concierto, queda claro que la cosa va en serio: la banda se apropia de la música negra y centenaria de Norteamérica con convicción y un carisma arrollador. El mundo aún no lo sabe, pero en ese preciso instante se está incubando el big bang para la banda de rock & roll más grande del planeta: The Rolling Stones.

En cuestión de meses, pasan de girar por el circuito de pubs londineses a recorrer en camioneta las ciudades de la periferia. Incorporan a Bill Wyman en lugar de Taylor, le roban el baterista a la Blues Incorporated (un muchacho apenas más grande con formación jazzística llamado Charlie Watts) y consolidan su primera formación estable. Un ensamble eléctrico obsesionado con el blues de Chicago, capaz de otorgarle una mirada diferente a esa música que en los ’50 habían popularizado héroes en retirada como Elvis (en el ejército), Little Richard (inclinado hacia la vida monástica), Jerry Lee Lewis (condenado por la sociedad luego de casarse con su jovencísima prima) y Chuck Berry (arrestado).

Los Rolling Stones estaban dispuestos a llenar ese vacio, pero no tenían los medios. Un discípulo de Mary Quant, la inventora de la minifalda, jugó su carta y ofreció sus servicios como manager. La banda accedió y Andrew Loog Oldham comenzó una audaz campaña de prensa: “Ud, ¿dejaría a su hija salir con un Rolling Stone?”. El rechazo de los padres fue tan fuerte como el encanto de las chicas. Para mayo de 1963, la banda ya tenía firmado su contrato de grabación con Decca. El resultado fue una primera tanda de discos y simples que funcionó casi como un estudio de género: los Stones grabaron versiones de Willie Dixon, Buddy Holly, Rufus Thomas, Berry y otros compositores de blues y rock & roll. De a poco apareció en los créditos un tal Nanker Phelge, la máscara que utilizaron Jagger y Richards mientras se sintieron inseguros sobre sus facultades en el rubro. Apenas nació el riff de “(I can’t get no) Satisfaction” esas inquietudes se borraron de un plumazo: la canción sintonizó con el anhelo que sobrevolaba el planeta y los Stones pudieron cruzar el Atlántico para conquistar los Estados Unidos.

Entreverados con la contracultura norteamericana y el Swinging London, los Stones ingresaron al Verano del Amor. Como buena parte de las bandas de la British Invasion, su música adquirió los timbres de la psicodelia (marimbas, dulcimer, percusiones, sitar) y un inusual velo pop. Era 1967: los tiempos de Their Satanic Majesties Request, la camaradería con los Beatles y los trips de LSD. Cuando regresaron de ese viaje, los Stones tenían dos noticias. Una mala y una buena: habían perdido a Brian Jones (moriría confusamente al poco tiempo, ahogado en una pileta) y encontrado un lenguaje definitivamente propio. Con Mick Taylor en lugar de Jones, los Stones estilizaron su rock & roll andrajoso y entregaron durante el período su gran legado discográfico: Beggars Banquet (1968), Let it bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y el doble Exile on Maint St. (1972).

A medida que se acercaban a la cumbre como músicos, también se convertían en los príncipes consentidos de la contracultura: esa barca que ponía proa hacia los paraísos artificiales del dinero, la fama y las drogas de diseño. Para diciembre de 1974, después de algunos discos menos inspirados y con la amenaza de la heroína colgada de su espalda, Taylor se alejó de los Rolling Stones. Jagger y Richards perdieron la brújula por una buena temporada y pronto decidieron convocar a Ron Wood, el guitarrista de los Faces: menos por sus cualidades de músico (que las tenía, desde luego) que por sus afinidades amistosas.

En 1977, con la llegada del punk, el contexto mundial del rock estaba cambiando radicalmente y era un enigma la forma en que los Stones asimilarían el impacto. Por entonces, en el aeropuerto de Toronto las autoridades policiales encontraron heroína en las maletas de Anita Pallemberg –la mujer de Richards- y, luego, en la habitación de hotel de Keith. Para colmo, pronto comenzó a correr el rumor que vinculaba en un affaire a Ron Wood con la mujer del primer ministro canadiense. El resultado fue, desde luego, una expulsión deshonrosa del país. De todo ese lodazal de ofensas, los Stones sacaron el combustible para Some Girls: una inyección de adrenalina en el corazón de la banda. Tanto las canciones como la producción del álbum, tenían una urgencia que dialogaba a la perfección con la escena del punk y la new wave contemporánea. En ese sentido, la mudanza neoyorquina de Jagger funcionó como marco para los tópicos del disco, que daban vueltas alrededor de la noche bohemia de finales de los ’70. Con ese envión, ingresaron a los ’80. Eso significó tanto recitales en estadios abiertos, una nueva generación de fans y algunos discos colaterales como Emotional Rescue y Tattoo you.

Para 1983, tanto Richards como Jagger y Watts pisaban la crisis de los 40: se abría un abismo en la vida stone. Es decir, una serie de proyectos paralelos (colaboraciones y paseos solistas, por ejemplo), el tratamiento para algunas adicciones, un disco decepcionante y la muerte de Ian Stewart. La tregua llegó, finalmente, en las puertas de la nueva década: los Stones renacieron otra vez. La música de Steel wheels fue uno de los elementos redentores. También el contexto socio-económico y la transformación de los Rolling Stones en una marca. Una verdadera empresa que, después de perder a Bill Wyman, fue por el mundo (la Argentina, incluida) con Voodoo lounge y Bridges to Babylon.

Si para mediados de los '90 los Rolling Stones eran una empresa, desde entonces hasta aquí se conviritieron en una institución. De hecho, cada miembro vive en un punto distinto del planeta pero la banda permanece activa en el inconsciente colectivo. En esencia, no es una mentira: cada vez que estos señores dejan de lado todos los intermediarios y se ponen a tocar, aparece ese swing incomparable que es su signo indeleble. Ahí está esa escena de Shine a light, el documental que Martin Scorsese registró durante 2006, donde tocan el blues "Champagne and reefer" junto a Buddy Guy.  Ahí están esos viejos piratas, suspendidos en la gloria sin tiempo del rock and roll. 

Los Stones junto a Buddy Guy, en el documental de Martin Scorsese.

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