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Con el puño en alto: Roger Waters y un llamado a resistir

Ante un estadio colmado, el músico no solo recorrió su impecable obra musical sino que además cedió el escenario a León Gieco, demolió a Trump e Israel y militó por el aborto legal.

Waters / Greco
Waters / Greco

La música popular tiene varias grietas y entre ellas se encuentra la que tiene que ver con el posicionamiento político. Quienes optan por tomar partido suelen hacerlo desde un lugar estético más bien modesto, más cercano al fogón y la guitarra criolla que al despliegue escénico. En Argentina, además, solemos recibir bandas y solistas internacionales que no se destacan por el gesto fuerte, por la proclama al hueso. Ahí están los Rolliing Stones y Paul McCartney, músicos que llevan por el mundo dos de los shows más impresionantes y angelados del show bussiness, perfectos y amables, festivos y conmovedores. 

Pero hay una vuelta de tuerca a la megalomanía de la industria del entretenimiento y parece ser que Roger Waters la encontró y la vehiculiza para el combate de las causas en las que cree. El tipo pisa fuerte, no trastabilla y apunta al centro del tablero. Su paso por Buenos Aires en este 2018 quedará en la historia no por la cantidad de shows (dos estadios contra ¡nueve! que realizó con The Wall en 2012) sino porque se trató de mucho más que conciertos de rock: fueron performances de militancia política, con todo lo que supòne hacerlo en la era de los Trump, los Macri y los Bolsonaro.

El legendario cerdo volador de Pink Floyd (foto: Daniel Castelo)
El legendario cerdo volador de Pink Floyd (foto: Daniel Castelo)

La parafernalia visual y el sonido perfecto que desplegó el británico de 76 años para recorrer su inalcanzable historia con Pink Floyd y su excelente disco solista de 2017 ¿Is this the Life we really want? arrancó con Breathe, de Dark Side of the Moon. Con ese sonido hipnótico se abrió una playlist de alucinación sonora y ejecuciones perfectas a cargo de una banda que todo lo hace bien. Las guitarras, la batería, los bajos (incluído el del propio Waters, que toca solo en algunas canciones), los teclados que lo sobrevuelan todo y el dueto de chicas del espacio que erizó pieles a la hora de The Great Gig in the Sky.

En ese marco no cuesta disculparle al frontman la apelación a un playback que le permite sonar muy parecido a los discos (recurso que también usó en la gira de The Wall incluso más que en este tour).

Waters se propuso sorprender desde la elección de las canciones y el modo de representarlas: puede que nunca nos olvidemos de esa pirámide perfecta atravesada por un arco iris de lásers al cierre de Brian Damage/Eclipse. Y, probablemente, tampoco olvidemos las miles de almas que estuvimos en el Estadio Único de La Plata lo que vino después: la invitación a León Gieco para que suba al escenario a interpretar La memoria, ese himno nacional de lo urgente, de la denuncia y la necesidad de no olvidar. Fue en el contexto de su homenaje a las madres de los soldados caídos en Malvinas (Waters se refirió a Malvinas y no a las Falklands), a quienes ayudó a que pudieran tener un lugar en el que recordar a sus hijos gracias al reconocimiento de cuerpos que se realizó en las islas.

No vivimos tiempos de sutilezas y el británico se hace cargo de la época. Por eso va al grano en el clásico de Pink Floyd Pigs (de Animals, disco conceptualizado por él y basado en Animal Farm, de Orwell), que dedica por entero a Donald Trump con imágenes que ridiculizan al presidente estadounidense. La intro a la canción es una performance que juega toda la banda, caracterizada como cerdos que asisten a una fiesta. Y otra vez el mensaje directo: "Los cerdos dominan el mundo", reza un cartel que Waters muestra a la audiencia mientras se deja la máscara, para luego sacársela y pasar a otro cartel: "Fuck the pigs".

No faltó tampoco una proclama a favor del aborto legal, pañuelo verde incluído, y un llamamiento a los derechos de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. "Me pongo este pañuelo porque apoyo la lucha por los derechos de las mujeres", dijo.

El intermedio de unos 20 minutos que dividió en dos el show también aportó batalla cultural a través de llamadas a la resistencia. A los oligarcas, a la discriminación, al antisemitismo pero también al apartheid de Israel contra los palestinos, a la cleptocracia, a los pueblos arrasados por el imperialismo.

En una noche que terminó con la lluvia que había azotado al Gran Buenos Aires (con un saldo de numerosas calles anegadas en La Plata y alrededores) sonaron también, entre otras, con potencia y una claridad sonora inigualable One of these days (de Meddle); Time y Money (las gemas pop de Dark Side of the Moon); los clásicos de The Wall The Happiest days of our lives y Another Brick on the Wall 1 y 2 (con un grupo de nenes argentinos ataviados con escalofriantes capuchas y overols naranja como los de los presos de Guantánamo) y Wish You Were Here, maravillosa como siempre.

De su disco reciente se escucharon Deja VuThe Last Refugee, Picture That y, hacia el final, Wait for Her. El cierre fue con el clásico indestructible: Confortably Numb.

¿Habrá otra vuelta del viejo Roger por Buenos Aires? Puede que se haga difícil teniendo en cuenta el tiempo que llevan las giras y el tiempo, sobre todo, que este hombre lleva profetizando sobre la tierra a fuerza de psicodelia, rock progresivo y muchos cojones en juego. Lo cierto es que quedará la música y la obra de un artista lúcido y valiente que se animó a comprometerse con su tiempo.

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