Es verdad: a esta altura del campeonato, seguir hablando de Litto Nebbia como el pionero del rock argentino es un reduccionismo. Si bien es una cucarda que Nebbia puede portar con orgullo y justicia, durante casi medio siglo su música ha trascendido largamente el rótulo: desde su colaboración con Domingo Cura hasta sus discos de solo-piano, pasando por los soundtracks cinematográficos, su abordaje al repertorio de Cadícamo y Gardel/Le Pera, su sociedad jazzística con Minichilo, el mapeo musical latinoamericano y –desde luego- su trabajo como productor al frente de Melopea. El compositor rosarino se ha convertido, en definitiva, en una fuente de inagotable para la música argentina.

Así, en los últimos meses parece incluso decidido a redoblar su ritmo: después de disolver La Luz y encarar su homenaje quíntuple al rock local (Una celebración del rock argentino), a fines del año pasado publicó el triple La canción del mundo y preparó el terreno para una serie de reediciones, el descubrimiento de un registro inédito junto a Facundo Cabral y su musicalización de textos de Alfredo Lichter en el disco 11 (Vidas). Ahora, es momento de Aire fresco, un nuevo puñado de canciones junto a Daniel Homer (guitarra), Juan Ingaramo (percusión) y Leopoldo Deza (teclados) como músico invitado.
 
Aprovechando el 45º aniversario de La Balsa, Nebbia presentará Aire fresco este viernes 19 de octubre con un concierto en el Teatro SHA que promete “Canciones nuevas y los clásicos de siempre”.
 
-Para el concierto del Teatro SHA te presentás con la nueva formación de Aire fresco. ¿Qué tiene que pasar para que te bajes satisfecho del escenario?
-Haber sonado bien. Haber tocado grupalmente con relax, escuchando bien lo que hace cada uno. Muchas veces, esto depende de la concentración que tengas.
 
-Tu obra es una de las más prolíficas de la música argentina. Teniendo eso en cuenta, ¿cómo armás el repertorio para cada concierto?
-Tenemos mucha música en dedo… A veces preparamos algo nuevo que nos surgió a último momento y claro, siempre hay una media docena de clásicos que es imposible que no toque para la gente. Lo divertido es que casi siempre hacemos versiones bien distintas: rítmica y armónicamente.
 
-Aunque no pasó demasiado tiempo desde la edición de La Canción del Mundo, entiendo que tenés muchos frentes abiertos. ¿Qué planes hay para el resto del año?
-Luego de la presentación en el SHA, nos vamos la semana siguiente para Santa Fe, donde la Legislatura me declara Persona Destacada de la Cultura de Santa Fe. Tocaremos con Aire Fresco allí, y al día siguiente en San Justo y al día siguiente en Coronda. Luego, el 7 de noviembre presentaremos el DVD que recién realizó mi hija Miranda sobre el álbum 11 (Vidas). Será en la Sala A/B del Centro Cultural San Martin a las 20.30hs y estarán como invitados Gonzalo Aloras, Daniel Homer Rodolfo García, Leopoldo Deza, Patricio Villarejo y Fabricio Rodríguez.
 
-Hace poco grabaste junto a Los Reyes del Falsete una colaboración notable. ¿Qué propuestas nuevas te seducen de la música argentina actual?
-Me gustan Los Reyes, Viva Elástico, Pez, Andrés Ruiz, Darío Jalfin, La Perla Irregular, Banda de Turistas, Leo Garcia… digamos, me gustan los que encuentro con alguna propuesta melódica y/o rítmica noble.
 
-Toda la generación de artistas que actualmente reivindican tu incursión en otras tradiciones (folklores, jazz, bossa, etc) no había nacido cuando vos ya tenías una carrera hecha. ¿Qué sensación te produce ese reconocimiento, tan criticado en su tiempo?
-La crítica existió y existirá siempre. Generalmente realizada por ortodoxos o ignorantes. Digo esto, porque casi siempre son críticas sin fundamento. Para nada creo que a todo mundo le tenga que gustar lo que escribo, pero no hay que ser tan gil… (risas).
 
-Se cumplen 45 años de la edición de “La balsa”. Más allá del valor emotivo, ¿qué apreciaciones musicales te produce escuchar su grabación original?
-Siento que fue una grabación predestinada a cumplir el rol de apertura de estilos, el negocio, el panorama en general. Para nada es mi mejor canción y ni siquiera es la mejor de ese primer LP de Los Gatos, pero esa grabación de alguna manera incluye un sonido grupal adolescente que no existía. Una manera de cantar con un estilo que es copiado hasta hoy dia, una letra que habla sobre la búsqueda de libertad del joven pero con metáforas  (para que no la prohibieran, no la censuraran). También inaugura como canción un formato nuevo, otros acordes y formas en su estribillo y una despedida en “fade out” que no era frecuente, con la banda y el cantor alejándose de a poco hacia el final.
 
-En ese sentido, ¿qué discos de toda tu trayectoria sentís que te representan mejor? 
-A boca de jarro, sin ninguna reflexión, te diré: el LP de Los Gatos Salvajes  me  parece un hallazgo porque es la primera vez que aparecen en el medio ese tipo de cancioncitas Mersey Beat, cantadas en nuestro idioma y encima escritas a mis 14 y 15 años. Mi primer disco solista, Litto Nebbia 1969 (el que trae “Rosemary”) me parece un buen SongBook, que todavía algunos tienen que descubrir. El álbum Nebbia’s Band de 1970 es bueno y un poco explica porque prácticamente dejo de tocar en grupos esencialmente roqueros. Los álbumes del período 1973-74, Muerte en la Catedral y Melopea, que anticipan un poco lo que va a venir después en mi composición y arreglos. Buenos discos de los años ‘80, por sus canciones e interpretación, son los trabajo con Los Músicos del Centro (Llegamos de los Barcos , En Vivo en Obras), Solo se trata de vivir, y la Banda Sonora de la película Evita (Quien quiera oir que oiga). Ya en los años ’90, El hombre que amaba a todas las mujeres, Siempre Bailan Dos y Corazones & Sociedades y, del 2000 en adelante, El palacio de las flores (con Andrés Calamaro), el Love Jobim y La Canción del Mundo… No sigo porque van a decir que todo lo que hago es lo más importante (risas), pero ese listón de álbumes son medio ignorados y desconocidos: por prejuicio o ignorancia, mucha gente no los conoce. También a veces por falta de publicidad,  porque así es la vida desde un sello totalmente independiente como Melopea. 
 
-¿Qué nivel de autocrítica manejás con respecto a tu propia obra?
-Absolutamente ninguno. Solo aspiro a que se comprenda que nadie es “perfecto”. Muchas veces he realizado discos impulsivamente por el placer de hacerlos: escribir canciones es casi una droga.