Por Jonathan Heguier

Había que estar presente el domingo en el Luna Park. Era la llegada del "padre del rock" a Argentina, su última gira, su despedida de los escenarios a los 86 años. Como dijo un espectador a este cronista: "Hay que estar, es como ir a la Iglesia todos los fines de semana y un día verlo al papa Francisco".

El hombre que influyó a Keith Richards, que fue versionado, reversionado y superversionado por cientos de bandas de rockandroll en el mundo estaba en el país para decir adiós a una fructífera carrera que dejó clásicos por doquier: "Oh! Carol", "Johnny B. Goode", "Roll Over Beethoven" y "School days", entre otras.

Pero el show no estuvo a la altura de las circunstancias y puso en evidencia la ambición del negocio por sobre el prestigio de un rockero de antaño que está en decadencia.

Fue un show que duró apenas 75 minutos y que mostró lo peor: un protagonista perdido, apuntalado (y mal) por su entorno, hija cantante e hijo guitarrista. Ambos Berry tratando de llevar adelante un show que no paraba de derrumbarse. Y el pobre Chuck solo, en medio del olvido de las letras y su guitarra con escalas pentatónicas en tonalidades que jamás coincidieron con las que tocaba el resto de la banda en un simple rock cuadrado.

Al finalizar el show, las caras del público fueron de desconcierto y risas, sin poder creer el show que acabaron de ver. "Una estafa", se escuchó entre el murmullo de la audiencia, que pagó hasta mil pesos una entrada.

Habrá que replantearse ahora responsabilidades de parte de la familia de Chuck Berry y el mal asesoramiento de quienes promovieron llevar de gira a una persona de 86 años que no estaba para afrontar este desafío.

En medio quedaron algunos raptos de lucidez, como yeites "berryanos", un poco de rock y algún solo de piano destacable.

El resto, para el olvido... Sucio y desprolijo, aquí la única salida no fue el rock.