Por Nicolás Durruti*
En los últimos días se ha hablado mucho de individuos y poco de sistemas. Yo no voy a hablar por vez número mil de Gustavo Cordera y la supuesta cultura de la cancelación.
Estoy cansado de escuchar a millonarios hablándole a un micrófono sobre cómo no pueden hablar. A mí el concepto que sí me interesa es el de plataforma responsable. ¿Qué es una plataforma responsable? Una plataforma responsable responde a la exigencia liberal sobre la libertad de expresión pidiéndole al periodista, streamer o conductor que antes de tratar un tema complicado o de entrevistar a un personaje polémico, haga la tarea y se informe.
Plataforma responsable no es impedir que se traten temas complejos o se inviten a personas con ciertas complicaciones, sino entender que si queremos vivir en una sociedad más o menos funcional, reivindicar pasivamente ciertas cosas a través del silencio, la ignorancia o la risa cómplice quizás no sea el mejor camino a seguir. La plataforma responsable no es un interrogatorio, sino una responsabilidad que todos los idiotas que tenemos un micrófono deberíamos sentir para con quienes nos escuchan. Un periodista americano llamado David Pakman, que si bien a mí no me gusta por exceso de centrismo, hace unos años enumeró una serie de consideraciones que él hace antes de entrevistar a cualquier persona con ideas de mierda.
1. ¿Es realmente relevante la persona o sus ideas?
2. ¿Vale la pena refutar esas ideas o es mejor dejarlas morir en la irrelevancia?
3. ¿Está uno lo suficientemente equipado para ser la persona que las refute?
Si la respuesta a cualquiera de esas preguntas es no, uno tiene el deber moral de dar un paso al costado.
Antes de la asunción de Trump, el medio hiper demócrata, hiper liberal e hiper fanático de la libertad de expresión, el New York Times, hizo varias entrevistas y perfiles a distintos neonazis, o mejor dicho, a diferentes líderes etnonacionalistas, como les gusta a ellos mismos llamarse. Uno de ellos fue Richard Spencer, que negando su simpatía por Adolfo, terminó saltando a la fama como un conservador cool, coherente y bien vestido.
Obviamente, gracias a ese tipo de entrevistas, pudo hacer giras y ayudó a crear lo que más adelante se llamó la Alt Right. ¿Se acuerdan? Eso de lo que advertimos con Café Kyoto y otros tres gatos locos más, y a lo que nos respondían que no nos preocupemos que esas nuevas derechas eran un fenómeno yankee. Bueno, ese mismo Richard Spencer cayó en desgracia luego de que en una manifestación que ayudó a organizar, uno de sus seguidores matase a una activista por los derechos civiles e hiriese a otras 35 personas.
Eventualmente, cuando desde incluso el Ku Klux Klan le soltaran la mano, se terminaron filtrando audios de Spencer, el inocente muchacho que tenía derecho a un micrófono, expresando lo que realmente sentía por la diversidad cuando no estaba frente a una cámara. Lo cito: “Judíos de mierda. Deberían ser gobernados por gente como yo. Putos mulatos. Mis ancestros esclavizaron a todas esas basuras. Soretitos que deberían mirar hacia arriba y ver mi cara”.
Como habrán visto, si la libertad de expresión no es tomada en serio, solo sirve para amplificar figuras que una vez habiendo seducido a su público, lo empezará a convencer de ideas cada vez más radicales y con el tiempo se convertirá en un movimiento político o mucho peor, en sentido común. Y traigo esto, este caso a colación, que es bastante viejo, porque he leído y escuchado muchas defensas corporativas sobre el derecho a preguntar, pero más bien pocas consideraciones sobre la responsabilidad de quien hace las preguntas.
No nos confundamos, quien hace las preguntas tiene poder. Y honestamente, no entiendo si es que no lo saben o no les importa, pero usar tu plataforma para difundir cualquier cosa sin ningún tipo de filtro no es libertad de expresión, sino el equivalente discursivo de tomar lavandina en vivo. Muy especialmente cuando creaste una relación parasocial con tu comunidad, tenés conexiones con muchísima gente en los medios y el financiamiento suficiente como para preparar tu contenido de manera adecuada.
Pero a veces siento o sospecho que además de la camaradería peneana, hay una solidaridad de clase de gente que parece tener valores distintos, pero que en definitiva cena toda en los mismos restaurantes. Quiero citar a nuestro filósofo esloveno favorito: Slavoj Zizek
Él dice: “Vivimos en una era profundamente regresiva. Algunos temas deberían simplemente quedar fuera del debate, como cuando la gente discute sobre la violación. Yo no quiero vivir en una sociedad donde tenés que argumentar constantemente contra la violación. Quiero vivir en una sociedad donde si alguien justifica una violación más allá de todas las excusas que use, esa persona termine siendo considerada un idiota”.
*Columna extraída de Peor es Trabajar, programa del canal cooperativo Posdata.