La liturgia de la sangre: Tardes de soledad, de Albert Serra
El realizador catalán pone la cámara al servicio de una disección definitiva sobre la tauromaquia. Masculinidad frágil y la soledad de la bestia.
¿Cómo filmar las ceremonias en torno a la tauromaquia sin artificio narrativo, sin panfleto o toma de posición explícita? Como lo hace Albert Serra en Tardes de soledad.
El realizador de la brillante Honor de caballería (2006) echa mano a una cámara quirúrgica para retratar al torero peruano (estrella en España) Andrés Roca Rey, que con 30 años es ídolo de los seguidores de la disciplina/espectáculo que consiste en cargarse la vida de un toro y ser vitoreado por ello. La tarea de Serra en su documental es explorar las múltiples ventanas que se abren a partir de ahí.
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En Tardes de soledad el realizador catalán se adentra en la tauromaquia con el bisturí de su cámara y disecciona el rito desde la estética y lo existencial. Serra elude el posicionamiento explícito o la voz en off que suele poner blanco sobre negro respecto de la mirada del autor. En lugar de eso abre el juego y el marco conceptual de lo que aparece en cuadro —la carne, la sangre, la ropa de encaje, la muerte— y que es lo que le da profundidad y texto al relato.
La puesta en escena de Serra, en escenarios rodeados de fanáticos enfervorizados ante la sangre animal y los "huevos" del torero, tal como se lo remarcan en cada saludo post corrida, destaca por el contraste entre la fragilidad y la brutalidad.
En el centro de la escena vemos a un joven ataviado con ropa de encaje y entallados de colores vibrantes, poniendo en juego una forma de masculinidad más cerca de la kermese kitsch que de otra cosa, frente a un animal que es sistemáticamente debilitado por sus asistentes.
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La cámara registra con frialdad cómo la patota de machos —la cuadrilla de subalternos que se refugia tras el burladero— prepara la escena, clavando banderillas para excitar al toro antes del desenlace fatal.
La estética de la ropa entallada, lejos de ser un mero detalle ornamental, funciona como recordatorio de la vulnerabilidad física del "héroe".
Los huevos
Uno de los puntos más agudos del film es el registro del entorno humano que sostiene la figura del torero. Serra captura el diálogo incómodo entre el macho alfa con cara de malo ante toro y su platea de seguidores, quienes reducen la complejidad del rito a una exaltación de la virilidad. "¡Qué huevos tienes, joder!", es el mantra que resuena entre los hombres excitados, a los que es fácl imaginar con la testosterona en pleno trip hétero-flexible.
La celebración de la bolsa escrotal se traslada a la intimidad de la camioneta que transporta al protagonista, donde una cámara fija actúa como testigo de un agotamiento que trasciende al cuerpo. Allí, rodeado por sus "faenadores", que continúan con la metralla de elogios, el torero aparece sumergido en una fatiga que delata el vacío detrás del triunfo.
La película alcanza sus momentos de mayor crudeza visual cuando retrata el despojo del toro. Serra no aparta la mirada cuando los operarios, vestidos de blanco y rojo, arrastran el cadáver sobre una arena convertida en lodo por la lluvia. La imagen de la lengua afuera del animal, mientras es objeto de insultos póstumos, sirve como un resumen visual de la salvajada que envuelve la tradición. Aquí la película adquiere relieve y un 4D imaginario se hace presente. Puede olerse la sangre del animal muerto y al mismo tiempo la serotonina de la platea en plena ebullición.
Tardes de soledad propone una simetría entre verdugo y víctima. La soledad no es la del torero en su introspección antes y después de la faena. Se trata aquí de la soledad del toro, un animal que muere dopado, encerrado y rodeado de enajenados babeantes que disfrutan de su agonía. Una soledad que evoca una máxima de El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares: "Uno siempre se muere solo".
Si el progreso humano, en algún momento entre todo este desastre, retoma su curso, es probable que las próximas generaciones observen estas imágenes con extrañeza ante una romantización de la matanza que hoy, bajo el lente de Serra, queda expuesta como nunca.
