"Hola y adiós": Joaquín Sabina dio inicio en Buenos Aires a su gira despedida
El cantautor español desembarcó en el Movistar Arena con su última serie de recitales. Conciertos a sala llena y un recorrido por sus éxitos. Hasta un miembro de la Corte Suprema se paró para aplaudir.
“En Madrid siempre digo que, si alguna vez me pierdo, vayan a buscarme a Buenos Aires”, declaró Joaquín Sabina en medio de algunos de sus grandes éxitos en la noche de su debut en el Movistar Arena de Buenos Aires, punto obligado de su gira “Hola y adiós”, con la que se despide de los escenarios del mundo.
Y vaya que fue obligada la parada porteña: el cantautor español agotó las diez funciones en el Movistar Arena desde varias semanas antes del primer show, casi duplicando las seis fechas de su última visita, en 2023.
A casi 50 años de su primer disco (Inventario, 1978), un Sabina gastado pero entusiasta recorrió su carrera ante una platea entregada a sus pelos y señales de siempre. Pero más que nada a su selección de canciones para este adiós.
La noche comenzó con dos temas de su último disco de estudio (Lo niego todo, 2017): el track homónimo y, antes, la festiva Lágrimas de mármol.
Supervieiente sí,
maldita sea,
nunca me cansaré
de celebrarlo.
Antes de que destruya
la marea
las huellas de mis lágrimas
de mármol.
Veinte canciones conforman cada show, además de un soneto que da paso a Mentiras piadosas y, luego, a
Ahora,
que nada es sagrado
ni sobre mojado
llueve todavía.
En todo momento sentado, salvo alguna incursión final en modo banda de rock, cuando se animó a caminar el escenario, el Sabina más atemperado que hayamos visto en vivo despliega un grandes éxitos efectivo, que cuenta con tres hitazos que bien podrían resumir toda su carrera: Calle melancolía (1980), Quién me ha robado el mes de abril (1988) y 19 días y 500 noches (1999).
El despliegue visual del concierto consta de una pantalla gigante que ocupa de punta a punta el escenario y en ángulo convexo. Las imágenes parecen salidas de un caleidoscopio digital sin fin del que se disparan obras que van de la psicodelia al unicolor.
El público sabinero celebra cada palabra del ídolo y aplaude cada canción con igual intensidad y cariño. Entre performance y performance, en tanto, gritos random de “¡te amo!” asoman desde las plateas.
Por su parte, el más porteño de los músicos españoles devuelve gentilezas con (sus ya consabidos) elogios a la ciudad y en especial a los artistas de esta tierra, entre quienes menciona a sus amigos Charly García, Fito Páez y Andrés Calamaro. Estos últimos, lo más granado de la pandilla argentina que el visitante ilustre construyó a lo largo de las muchas más de 500 noches que pasó en Buenos Aires y alrededores.
De traje negro con bordes rojos, cual vampiro vestido de gala, el ubetense que se hizo madrileño por opción abandona el escenario al promediar el concierto y avisa que por unos minutos deja su obra en las voces de su extraordinaria corista Mara Barros (gran versión de Camas vacías) y el guitarrista Jaime Asúa (que rockea fuerte con Pacto entre caballeros). Hasta que “Joaquinito” vuelve para Donde habita el olvido y, luego, ese himno de la buena lírica que encarna Peces de ciudad, del disco Dímelo en la calle (2002):
En Comala comprendí
Que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver.
Cuando en vuelo regular
pisé el cielo de Madrid
me esperaba una recién casada
que no se acordaba de mí.
Después, una mesa, dos sillas, un teclado en modo piano en busca de intimidad y la Canción para la Magdalena, en voz de su autor y de, una vez más, Mara Barros. Otro de los muy buenos momentos de la noche.
El recorrido llega a su fin con una sentida mención a Chavela Vargas que sirve como intro al Bulevar de los sueños rotos, opus que surgió de una frase que la propia artista mexicana le expresó al español en una noche de bebidas cruzadas.
Cada canción fue una celebración para el público en la primera de las últimas noches del Sabina previo al retiro. El evento generó tal expectativa que entre el público de la platea preferencial se ubicó uno de los máximos referentes de la Corte Suprema de Justicia, quien junto a su joven compañera de evento cantó a palma batiente y de pie más de una de las canciones que conformaron una playlist en vivo sin fallas.
Para la última tanda de canciones, el clásico con el que se ganó el corazón de la Argentina y, en especial, de los porteños durante la convulsionada década del 90. Con la frente marchita sonó tanguera, emotiva, e incluyó una referencia final al Día de la Memoria que horas antes se había celebrado en todo el país.
Iba cada domingo
a tu puesto del Rastro
a comprarte
monigotes de miga de pan,
caballitos de lata.
Con agüita de un mar andaluz
quise yo enamorarte.
Pero tú no tenías otro amor
que el del Río de la Plata.
Aquellas banderas,
de la patria de la primavera,
a decirme que existe el olvido
esta noche han venido.
Te sentaba tan bien
esa boina calada
al estilo del Che.
Buenos Aires es
como contabas,
hoy fui a pasear.
Y al llegar
a la Plaza de Mayo
me dio por llorar
y me puse a gritar
¿dónde estás?.
Los bises fueron con otros dos éxitos de siempre: uno en tono romántico-libertino (Contigo), el otro (Princesa), festivo, rocker, con sabor a despedida y un toque más arriba para una feligresía que cantó y bailó al son de la partitura del maestro de ceremonias.
Princesa fue dedicado a todas y también a todos quienes han tenido como banda de sonido de sus vidas al artista. Los aplausos tronaron desde la platea en el domo de Villa Crespo ante el adiós del músico, aunque con la esperanza de que más temprano que tarde el tipo vuelva para un nuevo hola.
Ya no te tengo miedo, nena,
pero no puedo seguirte
en tu viaje.
¿Cuántas veces hubiera
dado la vida entera
porque tú me pidieras
llevarte de equipaje?
Ahora es demasiado tarde, princesa.
Búscate otro perro que te ladre, princesa.
