Flybondi atraviesa su peor momento operativo desde que comenzó a volar en la Argentina en enero de 2018, cuando debutó con fuerte respaldo político y se convirtió en emblema del experimento low cost del macrismo. Ocho años después, la empresa quedó reducida a operar con solo dos aviones y acumula más de 2.500 vuelos cancelados en un año, un nivel de deterioro que expone fallas de gestión ya difíciles de maquillar.
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La expansión que no fue
La aerolínea había nacido en 2016 y empezó a operar comercialmente en enero de 2018, aprovechando la apertura del mercado aéreo durante la gestión de Mauricio Macri. En aquel momento, Flybondi se presentó como una señal de modernización y competencia en el sector, pero el crecimiento prometido derivó con el tiempo en un modelo sostenido por la improvisación, la precariedad operativa y las cancelaciones recurrentes.
Hoy el cuadro es mucho más grave: la compañía opera con apenas dos aeronaves activas, mientras el resto de su flota permanece fuera de servicio por mantenimiento, falta de repuestos y problemas de disponibilidad. Distintos reportes recientes también muestran que Flybondi arrastró un fuerte retroceso en su participación de mercado y una cadena de interrupciones que golpeó de lleno a miles de pasajeros.
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Cancelaciones en cadena
El dato de las 2.500 cancelaciones resume una crisis que no es nueva, sino acumulativa. Ya a fines de 2024 la ANAC le exigió a la empresa un plan de contingencia después de un fin de semana con 70 vuelos cancelados y más de 12.000 pasajeros afectados; en noviembre de ese año, la firma llegó a cancelar el 20% de sus vuelos programados.
Lejos de corregir el rumbo, la situación se profundizó. En distintos tramos de 2025 y 2026 la compañía siguió arrastrando demoras, suspensiones y una operación extremadamente frágil, hasta quedar reducida a una presencia casi testimonial dentro del mercado doméstico.
Negocios y política
La crisis de Flybondi no puede leerse solo como un problema empresarial: también está atravesada por vínculos de poder. Su actual dueño, Leonardo Scatturice, quedó señalado por su relación con el oficialismo libertario, su cercanía con Santiago Caputo y su rol como nexo con el universo de Javier Milei, además de su inserción en redes empresarias y mediáticas que exceden por mucho el negocio aéreo.
Otro nombre que aparece en ese entramado es el de Daniel Hadad. Investigaciones periodísticas difundidas en 2025 sostienen que entre Scatturice y Hadad existen vínculos comerciales de larga data, con negocios compartidos durante más de dos décadas, incluidas operaciones inmobiliarias, sociedades en guaridas fiscales y contratos con el Estado.
El caso Flybondi deja una postal incómoda para el relato de la desregulación y la eficiencia privada. La empresa que se presentaba como símbolo de la “libertad aérea” terminó convertida en sinónimo de cancelaciones, desorden operativo y mala experiencia para los usuarios, mientras sus dueños conservaron influencias políticas y acceso a poder.