Un minucioso informe de FLACSO y Fundación Medifé titulado Cultura para la salud nos revela los efectos de las actividades culturales en el bienestar y destaca el fuerte vínculo entre el consumo cultural y la calidad de vida en la Ciudad de Buenos Aires.
¿Qué relación hay entre ver una obra de teatro, escribir un poema o tocar un instrumento y el bienestar emocional? Mucha, según los resultados de una investigación reciente elaborada por el Área de Comunicación y Cultura de FLACSO junto a Fundación Medifé. El estudio, basado en encuestas realizadas entre 2021 y 2023 y en una serie de entrevistas en profundidad, analiza cómo las prácticas culturales —ya sea como espectador o como protagonista— tienen una incidencia directa en la calidad de vida de los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires. Se puede leer el informe completo aquí.
El dato más contundente: el 76% de los encuestados afirma que realizar actividades culturales les aporta bienestar, energía y vitalidad. Desde escuchar música en casa hasta participar en talleres de escritura o danza, las experiencias culturales son percibidas como espacios de disfrute, conexión y crecimiento personal.
El informe revela que, en promedio, cada habitante de la Ciudad realizó 14 actividades culturales durante el período relevado. Entre los más activos se encuentran los jóvenes de entre 16 y 35 años y quienes pertenecen a los sectores socioeconómicos más altos. Sin embargo, el informe también visibiliza una fuerte participación en circuitos barriales, espacios públicos y modalidades virtuales, lo que permite una expansión democrática del acceso a la cultura.
Una de las conclusiones más significativas es la presencia constante de la práctica cultural en la vida cotidiana: un 58% de la población hace manualidades, dibuja, pinta o baila con regularidad; un 38% canta o toca algún instrumento; y un 24% escribe cuentos o poesías. La mayoría lo hace por placer, sin aspiraciones profesionales, aunque el 33% tomó alguna clase y el 57% sigue tutoriales para mejorar su práctica.
Más allá de los números, el estudio recopila historias de vida que dan cuenta del poder transformador de la cultura. En ellas, actividades como el teatro comunitario, el tejido colectivo o las tertulias musicales entre vecinos emergen como espacios de contención emocional, aprendizaje compartido y revalorización del tiempo en común, especialmente tras los años de aislamiento pandémico.
El documento propone un llamado de atención tanto a las políticas culturales como a las de salud: la cultura no debe ser vista como un lujo ni como un mero entretenimiento, sino como una herramienta esencial para el bienestar individual y colectivo. La investigación busca así fomentar cruces más sistemáticos entre disciplinas que hasta ahora han dialogado poco, pese a compartir objetivos fundamentales.
Consumos culturales en la Ciudad: qué, cómo y cuánto consumen los porteños
Este informe de FLACSO y Fundación Medifé reveló patrones, barreras y diversificación en el acceso a bienes y prácticas culturales en Buenos Aires entre 2021 y 2023. Veamos: ¿qué consumen culturalmente los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires? ¿Qué barreras enfrentan para acceder a ciertas actividades? ¿Cómo se reorganizaron los consumos después de la pandemia? Estas preguntas guiaron uno de los apartados clave del informe elaborado por el Área de Comunicación y Cultura de FLACSO y la Fundación Medifé, que analizó 24 tipos de consumos culturales organizados en tres grandes categorías: “Leer, mirar y escuchar”, “Asistir” y “Practicar”.
Los consumos más frecuentes están ligados a lo cotidiano y hogareño, como escuchar música, ver series o leer diarios digitales. Estas actividades, accesibles tanto en formato analógico como digital, se destacan por su alcance masivo: más del 90% de los encuestados afirmó haber realizado al menos una de ellas durante el último año.
En el segundo grupo, vinculado a la experiencia presencial, se encuentran prácticas como ir al teatro, al cine, a un recital o a un museo. Estas actividades, que sufrieron una caída abrupta durante las restricciones por el COVID-19, han logrado recuperar sus niveles prepandemia, según indica el relevamiento. Aun así, el crecimiento más sostenido en el tiempo se observa en los consumos digitales, con picos notables en el visionado de espectáculos online y la escucha de podcasts.
En el plano de la participación activa —el tercer grupo de consumo— se destacan actividades como escribir, pintar, sacar fotos, cantar, bailar o actuar. Aunque estas prácticas no tienen el mismo alcance masivo que otras formas de consumo, reúnen a un público significativo y comprometido: casi seis de cada diez porteños realizan alguna actividad cultural creativa, ya sea de manera presencial o virtual.
La cultura como práctica diversa y extendida
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es el alto grado de diversificación en los hábitos culturales. El 95% de los porteños realizó al menos cinco tipos distintos de consumos culturales durante el último año, y casi el 75% se involucró en diez o más. Quienes más diversifican sus prácticas son los jóvenes adultos (26 a 35 años) y las personas con mayor nivel socioeconómico. No se observaron grandes diferencias de consumo según género, aunque los varones reportaron una mayor cantidad de actividades. Además, aquellos que se autoperciben como “altos consumidores” son, también, quienes más diversifican sus experiencias culturales.
¿Qué impide el acceso a la cultura?
El informe también identificó las principales barreras que dificultan el acceso a bienes y experiencias culturales. La principal es la económica: la percepción de que los precios son elevados o el bajo nivel de ingresos personales es el motivo más citado por quienes no acceden a ciertas prácticas. Esta limitante afecta especialmente a mujeres, personas de entre 51 y 65 años, sectores medios y bajos, y habitantes del conurbano bonaerense.
Otras barreras destacadas son la falta de tiempo —muy mencionada entre jóvenes de 26 a 35 años—, la falta de compañía (especialmente en la franja de 16 a 25 años), la distancia física, el desconocimiento de la oferta cultural disponible y las responsabilidades de cuidado. Un punto interesante es el "desinterés", que aparece como motivo transversal en todos los grupos. Según los autores del informe, este factor merece una exploración más profunda, ya que podría estar enmascarando otras limitaciones de tipo material o simbólico. En un contexto de transformaciones pospandémicas, el informe aporta información clave para diseñar políticas culturales que amplíen el acceso y reduzcan desigualdades.
La cultura, una vez más, se muestra no solo como espacio de disfrute, sino como derecho y motor del bienestar colectivo.