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Reseña de "Diario de un albañil", de Mario Castells

En este ácido y a la vez conmovedor libro, el escritor rosarino relata sus experiencias como trabajador de la construcción. Una obra que, sin renunciar al humor, pone el foco en un oficio marcado por los abusos y la falta de derechos laborales.

Foto: Infonews
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Hay libros que se escriben con el cuerpo. Como si el esfuerzo por pensar una historia, sus personajes y pulir cierto estilo narrativo fuera, ni más ni menos, el corolario de vivencias que se hicieron carne en el autor. “Diario de un albañil”, del rosarino Mario Castells, es una obra que parece ostentar esa condición. Fundamentalmente porque su escritura evita la especulación y el distanciamiento, es pura sumersión.

Como cuenta la solapa del libro editado el año pasado por Caballo negro, además de escritor, poeta y traductor, Mario Castells es albañil desde los 14 años. Para el lector, este último dato biográfico es central, ya que “Diario de un albañil” está compuesto por relatos cortos que abordan distintas experiencias del autor trabajando en el rubro de la construcción. Página tras página, Castells va tejiendo anécdotas (amargas, graciosas, conmovedoras) sobre el oficio que heredó de su padre y comparte con su hermano.

Pero más allá del tono de las numerosas vivencias contadas, “Diario de un albañil” es un libro que en su globalidad pretende reflexionar (por momentos, de forma magistral) sobre el trabajo precarizado. Las historias que desenfunda Castells nos hablan de explotación, desigualdad y miseria; muchas veces relatadas con humor, sí, pero siempre poniendo el ojo en los abusos de los patrones (y también del contratista, esa pieza clave y controversial en el andamiaje del sector que oficia de intermediario entre los dueños y los obreros) y, por consiguiente, en el verdadero significado del concepto de “ganarse la vida”.

En este sentido, Castells consigue narrar desde un lugar inaccesible para muchos escritores (por más esfuerzos que hagan); el del equilibrio. Sus anécdotas laborales y familiares evitan tanto el romanticismo como el resentimiento, abriéndole así el juego al lector, quien completará el sentido de aquellos relatos sin sentirse acorralado por las “verdades absolutas” que tristemente suelen poblar la literatura.

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Como dice Castells al comienzo de unos de sus relatos, “la narrativa de los albañiles no es muy variada. Reincide siempre en los mismos tópicos: la guita, las conquistas amorosas y el gorreo (hay una fascinación extraordinaria con esta práctica), las grescas y el reviente.” En definitiva, no hay fragmento que sintetice mejor de qué trata su libro; ahí están los temas centrales de “Diario de un albañil”. Desde adentro, sin complacencia, con un lenguaje llano, para nada forzado (es notable cómo en todas las historias se hace presente la jerga obrera), el escritor rosarino nos va revelando un mundo al que históricamente la literatura le ha dado la espalda. Por lo tanto, además de su calidad artística, podría decirse que el libro de Castells constituye un acto de justicia.  

Tal vez, desde el capricho del lector, no estaría mal preguntarse por qué Castells optó por escribir un libro de relatos y no una novela corta, directamente; su astucia narrativa y el tema elegido lo ameritaban. Pero más allá de este interrogante, “Diario de un albañil” es un libro vital, sincero y profundamente emotivo. Por eso, cuando uno termina de leerlo, entiende que escribir con el cuerpo es, en definitiva, escribir con el corazón.


 

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